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Internacional/Mundo - 3 semanas ago

Boris Johnson sobrelleva la resaca tras la bronca con su pareja

El favorito para ser primer ministro se niega a aclarar el incidente en la primera asamblea electoral de afiliados

Típico Boris. Seis horas después de que Cheryl Gillian anunciase el viernes, en la sala del comité 14 de la Cámara de los Comunes, que había obtenido el apoyo de más de la mayoría absoluta de diputados conservadores y que será con gran probabilidad el próximo primer ministro, arroja vino en el sofá de su pareja, tiene una bronca de juramentos y vete de mi casa, llegan la Policía y las portadas.

Boris Johnson irradia magnetismo hacia las portadas. Esta vez se la dio a 'The Guardian' algún vecino con inquietudes. La mujer que confiesa haber grabado el griterío y los ruidos del otro piso de la primera planta grabaría también con su móvil un incidente en la calle, para ayudar a la Policía. A la que llamó después de oír un 'bang' seguido de silencio y tras llamar tres veces a la puerta sin que le abrieran.

En su relato la mujer no menciona la llamada política a 'The Guardian'. Describe en singular y con un 'nosotros' lo que oyeron y lo que hicieron. La mujer, no identificada, se declara ajena a los partidos políticos. Oculta su llamada o protege a alguien que habita en su piso; o algún otro vecino -los de los pisos de la segunda planta, los de otras casas, también oyeron la bronca- también grabó, y llamó.

¿Sería el gran ruido, como de cristales rotos, el del impacto del ordenador portátil de Johnson contra una pared, después de que se le oyera exigir a su pareja, Carrie Symonds, que no lo tocase? Es una de las preguntas sin respuesta de este caso. Hay otras: ¿A quién no le han escacharrado el ordenador tras verter vino en un sofá? Alguna tiene respuesta: ¿Puede un primer ministro vivir así? El rey Enrique VIII.

Los conservadores han extraído una conclusión principal de este último episodio de su líder carismático: vete de Camberwell, Boris. El barrio del sudeste de Londres es una combinación típica del sur de Támesis -menos fino que el norte, según quienes no conocen algunos barrios del norte-, que combina áreas de vivienda social con urbanismo brutal y restos de la ciudad antigua, menos poblada.

El piso de Symonds, de 31 años, es el resultado de dividir una casa construida en el siglo XIX. Es caro, pero Camberwell elige diputados laboristas y votó con una gran mayoría en favor de la permanencia en la Unión Europea. Algunos activistas que habían detectado la presencia de Jonson, de 55 años, habían pintado carteles contra su presencia en el barrio.

Extinciones

Johnson compareció este sábado en Birmingham, en la primera de las asambleas de miembros del Partido Conservador que escuchan a los dos candidatos para sustituir a Theresa May antes de votar. Cuando le preguntaron a May qué acto rebelde había perpetrado en su vida contestó que «atravesar un campo de heno». La especulación sobre la vida del otro candidato, Jeremy Hunt, es salvaje desde que en una visita a China dijo que su mujer es china, cuando es japonesa.

Un Johnson renovado subió al escenario del Centro Internacional de Convenciones de Birmingham. Se achaca a Symonds el abandono de una dieta abundante en queso y chorizo, sustituida por desayunos con cereales y fruta. Ha adelgazado y se peina. Pero, poco después de iniciar su discurso, revolvió su pelo como acostumbraba, acuñando la estampa de rico destartalado que gusta al público.

Sea porque la relación con Symonds no sobrevivirá la bronca de la medianoche del viernes o porque esta fase de la elección le da más libertad que la campaña para ganar votos de sus colegas de escaño -entre los que no había sido nunca popular, porque saben que el desaliño, el tartamudeo y las citas en latín son puro teatro-, Johnson se soltó el pelo y la lengua en Birmingham.

Ian Dale, periodista y editor conservador que entrevistó a los candidatos, desistió tras la tercera pregunta sobre el incidente y los abucheos de la sala. Johnson respondió a las tres presentándose como político que hace lo que promete, hablando de educación o de infraestructuras. Cuando ya rendido Dale confirmó que es obviamente posible marcharse de la UE el 31 de octubre, Johnson estalló: «¡Ese es el espíritu!» Y le prometió un ministerio en el Gabinete. La sala rió y eso son votos.

La sala 14 del pasillo de comités del Parlamento, donde han votado los diputados conservadores en el proceso electoral de dos semanas, les recordaba que los partidos desaparecen. Entraban a votar por una puerta precedida por los retratos de Herbert Asquith y Lloyd George, salían por otra junto a un busto de William Gladstone. Fueron los últimos primeros ministros del Partido Liberal.

La extraña muerte de la Inglaterra liberal es el título de un libro, de George Dangerfield, y una expresión que se recicla constantemente cambiando la última palabra. «Son días oscuros para nuestro partido», dijo Johnson en el inicio de su discurso a la asamblea del Partido Conservador. Antes habría dicho a diputados en la Cámara de los Comunes que corre peligro de extinción.

Las razones son obvias. Si los liberales murieron en el principio del siglo XX, entre otras razones por la emergencia del laborismo, a los conservadores les ha crecido un Partido del Brexit más nacionalista y sus potenciales líderes proponen negociaciones con la UE que parecen imposibles y deben concluir en un plazo brevísimo. De su líder más popular no se sabe ahora si tiene casa, novia, ordenador; solo que celebra sus triunfos con vino, que derrama en los sofás.

Más información:


  • La Policía acude a la casa de Boris Johnson por una disputa con su pareja

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