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TV/Televisión - 6 días ago

Cuando Netflix era un negocio de alquiler de DVD (y por correo postal)

Marc Randolph, cofundador y primer presidente del gigante audiovisual, relata en el libro ‘Eso nunca funcionará’ las desventuras de los primeros años de la companía

En enero de 1997 Marc Randolph y Reed Hastings compartían coche para ir a trabajar desde la zona montañosa de Santa Cruz hasta Sunnyvale, en Silicon Valley. Hastings dirigía Pure Atria, empresa que creaba herramientas para desarrollo de software, y había comprado Integrity QA, una start-up que contaba entre sus fundadores a Randolph, que tras la adquisición se quedó como director de marketing. En el atasco diario de la autovía 17, a Randolph le daba muchísimo tiempo para su deporte favorito: lanzarle ideas a Hastings sobre posibles futuros negocios. «Reed se queda inexpresivo. A un observador externo le parecería que está mirando a través del limpiaparabrisas sucio […]. Pero yo sé qué hay detrás de esa mirada: una evaluación a toda velocidad de los pros y los contras, un análisis trepidante de costes y beneficios, un modelo predictivo casi instantáneo de los posibles riesgos». Así arranca Eso nunca funcionará (Planeta), de Marc Randolph, cofundador y primer presidente de Netflix,  una descripción de los primeros años de vida de una compañía audiovisual que hoy tiene una capitalización de 113.000 millones de euros, y que cerró las cuentas del tercer trimestre de 2019 con un beneficio de 603 millones, y con 158 millones de suscriptores mundiales que le generaron ingresos por valor de 4.760 millones. Todo eso, desde una idea que surgió en un Volvo «hecho polvo con dos sillitas de niños en la parte de atrás».

Randolph no es un cualquiera de Silicon Valley. Por de pronto, para ser un impulsor de start-ups con éxito en al menos media docena de veces, es curioso su odio a Silicon Valley. Geográficamente es un lugar que no le atrae en absoluto. Otra cosa es su espíritu, la aspiración de crear algo nuevo, hacerlo germinar y fortalecerse. Eso, según su libro, lo disfruta plenamente. Al inicio del volumen advierte: son sus memorias, no un documental; quiere dejar por escrito sus recuerdos y rendir homenaje a los pioneros de Netflix. Aunque al final subraya que ha vuelto a hablar con sus compañeros de viaje, que muchos han leído el libro y aportado datos, insiste en que es su visión. Sin embargo, el lector tiende a pensar que la historia fue así: Randolph no se reprime a la hora de describir sus errores, los aciertos de sus colegas y realiza un retrato minucioso, con sus pros y sus contras, de la poliédrica personalidad de Hastings, actual director ejecutivo. Ambos mantienen una relación de amor-odio a lo largo de sus páginas, que dura hasta que en 2004, tras un tiempo ya apartado del mando, Randolph abandona la junta directiva de Netflix. Y lo hace sabiendo que es Hastings quien tiene que liderar su fortalecimiento, gracias a su talento como desarrollador de empresas y su capacidad para encontrar inversores, y que él no va a encontrar más que aburrimiento en el nuevo devenir de la compañía. «A mí se me da bien tener ideas».

De vuelta a aquel Volvo, Randoph bromea con que Netflix podría haberse dedicado a la venta de bates de béisbol personalizados o a la de champú. Pero no hubo «una epifanía, la típica historia que se cuenta a inversores escépticos». Es más, desmonta el mito de que Hastings pensó en Netflix cuando tuvo que pagar 40 dólares por su retraso a la hora de devolver un DVD de Apolo 13 al Blockbuster. «Eso pasó, pero Netflix nada tiene que ver con esa multa […]. De hecho, al principio nosotros también cobrábamos penalizaciones». Randolph insiste en que la historia de la compañía «no fue perfecta, útil, clara y acertada, no surgió en un momento de inspiración». Y por eso escribe el libro: para que en él encuentren inspiración futuros emprendedores.

Randolph describe los primeros meses, con mucho tiempo libre al ser comprado por la empresa de Hastings, cuando junto a dos empleadas suyas usa una pizarra blanca para apuntar ideas, desde comercializar tablas de surf a comida específica para mascotas. Solo quedó una: videoclub online. Coincidió con el momento del cambio de las cintas de vídeo (VHS) al DVD, y Netflix (el nombre también quedó por eliminación, y es la unión en inglés de red y pelis) apostó por el DVD. En esos meses investigaron cómo funcionaba el correo postal (prometían dejar en casa de sus clientes el DVD encargado al día siguiente de su petición), los mejores sobres para mantener incólumes los discos, su búsqueda de un espacio para guardar los DVD o los problemas de potencia de ordenadores desde que el 14 de abril de 1998 empezaron en Internet.

Bajo el mando de Randolph, Netflix nunca fue un gran negocio, porque vivieron meses de afinación de producto. Son carcajeantes sus descripciones de sendas reuniones con Amazon, el gigante a imitar, y Blockbuster, multinacional de alquiler de VHS cuyos directivos nunca se percataron de lo que se venía encima… hasta que tuvieron que cerrar la compañía. Al emprendedor le gusta subrayar cómo conocía al inicio a todos los empleados, y apunta que Hastings se quedó con más parte de la empresa porque tenía más dinero para invertir en ella. Fueron años de incertidumbre, de alianzas sui generis con fabricantes de reproductores de DVD, de interrogantes que les volvieron locos (al inicio sus clientes usaron Netflix para comprar DVD, no para alquilarlos, a pesar de que afinaron rápidamente su velocidad y eficiencia en la entrega). Tiempos de sufrimientos, como cuando su propio éxito casi les hunde por falta de efectivo y en septiembre de 2001 despiden a parte de la plantilla. Eso nunca funcionará acaba con la salida a Bolsa de Netflix el 23 de mayo de 2002, 49 meses después de su lanzamiento. Hastings, con más prestigio, nombre y habilidad para recaudar dinero, arrincona a Randolph. Él tampoco es feliz, y primero se concentra en el departamento de desarrollo de producto; después, lo deja. Y escribe: «A veces tienes que apartarte de tus sueños, sobre todo cuando crees que los has hecho realidad».

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